I
En las hojas del libro y en las horas insomnes
todavía tu nombre conduce mis canciones.
Miro serenamente mi cielo gris de ausencia
y pienso en ti sonriendo cuando la tarde llega.
Ya no espero ni sueño. Pienso en ti solamente.
Era tu voz. Tu frente. Tu paso en el silencio
apenas un sonido, una forma o un eco.
Y fue un mar. Un lejano despertar de campanas.
Un lento deshojarse de la rosa del viento.
II
Tú decías: El agua tiene cauces cordiales
y los árboles hablan con el cielo distante.
En la piedra y la tierra la verdad está escrita.
La palabra es la espiga y el arado es el signo.
Tu comarca de bruma tiene azules montañas
que adivinan tus sueños y no ve tu mirada.
Abandona tu puerto de esperanzas inmóviles.
¡el amor abre rutas a los cuatro horizontes!
Vive y dice el prodigio de tus manos abiertas.
Yo estaré vigilando tu cosecha de estrellas.
III
Ya no tendré tus manos ni tu inquieta dulzura
preguntando a mi sueño por la estrella perdida.
Tu nombre será un largo silencio por mis venas
y tu rostro la forma de la nube en el cielo.
Recordaré un perfume de besos y violetas
prendido con luciérnagas de lluvia en mis cabellos.
Y vendrá, el alba entonces, con sus trémulas flechas
a clavar en la cumbre del día mi tristeza.
IV
Has de quedar tú solo, con mi nombre de lluvia
cantando entre los árboles helados y sin hojas.
Y mis manos flotando sobre todas las rosas.
Estaré silenciosa y hablaré a tu desvelo
con palabras halladas en el mar de la sombra.
No encontrará camino mi voz entre la niebla
ni evocará ternuras el bronce de la torre.
Pero estaré siguiendo la huella de tus ojos,
el ruido de los pasos del sueño por tu frente
y en medio de la brisa la forma de tu nombre.
Maruja Vieira
El paciente:
Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano… un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis…
El médico:
-Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo; báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho:
¡Lo que usted tiene es hambre…!
José Asunción Silva
Tu tez rosada y pura, tu formas gráciles
De estatuas de Tanagra, tu olor de lilas,
El carmín de tu boca, de labios tersos;
Las miradas ardientes de tus pupilas,
El ritmo de tu paso, tu voz velada,
Tus cabellos que suelen, si los despeina
Tu mano blanca y fina toda hoyuelada,
Cubrirte como fino manto de reina;
Tu voz, tus ademanes, tú… no te asombres;
Todo eso está ya a gritos pidiendo un hombre.
José Asunción Silva
-Ella lo idolatró y Él la adoraba…
-Se casaron al fin?
-No, señor, Ella se casó con otro
-¿Y murió de sufrir?
-No, señor, de un aborto.
-¿Y Él, el pobre, puso a su vida fin?
-No, señor, se casó seis meses antes
del matrimonio de Ella, y es feliz.
José Asunción Silva
Hoy 27 de noviembre, celebramos el natalicio de José Asunción Silva.
José Asunción Silva (Bogotá, 27 de noviembre de 1865 - Bogotá, 23 de mayo de 1896) Poeta y novelista colombiano. Fue el precursor del modernismo en Colombia y es justamente considerado como el más importante poeta de Colombia y uno de los más importantes poetas de Latinoamérica. Romántico y modernista, autor de la novela «De sobremesa», perdió parte de su obra literaria en un naufragio. Se quitó la vida en 1896.
Sub-umbra
a A. de W.
Tú no lo sabes… mas yo he soñado
Entre mis sueños color de armiño,
Horas de dicha con tus amores,
Besos ardientes, quedos suspiros…
Cuando la tarde tiñe de oro
Esos espacios que juntos vimos,
Cuando mi alma su vuelo emprende
A las regiones de lo infinito,
Aunque me olvides, aunque no me ames,
Aunque me odies, sueño contigo!
Mayo de 1881
Algo me fue negado desde mi comienzo,
desde mi profundo conocimiento.
Y he velado dulcemente
sobre las espadas que segaron mi luz.
Con nocturno rostro me he alzado
a batallar en el esplendor de mis dormidas normas,
con el pavor de mi júbilo primero
y en otra sombra abatida he pronunciado mi nombre,
mi tremendo, mi orgánico nombre,
mi nombre de filo y de simiente
bajo el sueño de un ángel.
Mis apetitos totales he derramado
como un tributo de reconocimiento,
mi olfato y mi tacto como duros presentes.
Mis olvidados sacrificios he reunido,
mis anteriores fuerzas,
mi casto furor,
mi más antiguo y añorado fuego.
Y he aquí que todas mis potencias
no logran arribar al límite de lo perdido.
En otra edad dichosa
mi palabra fue herida de terrestre amargura.
Héctor Rojas Herazo
TANTOS años
Dejándome la piel
En el oficio,
Para acabar así,
Hecho unos zorros,
En un bar de una ciudad
Que no conozco,
Borracho,
Sin nadie
A quien llamar
Y confesarle
Todo lo que me pasa.
Karmelo C. Iribarren
Tanto te amé ese día que la muerte
voló por la ciudad como mil soles,
abeja de mi duelo
en el definitivo verano que te llama.
Fui descubriendo un astro en tu desnudo
tras de mis pasos ciegos por tu sombra,
presente, ocio feroz, donde toda la sangre
al hombre exige lo que para el cielo es imposible.
El mundo, espejo de mi mano iba
como una joya opaca por tus ojos,
te miraba mirar rostros, reinos, memoria
súbita, nube que como una desdicha
pasa por la carne de donde me retiro
desterrado a la ajena imagen que te asalta.
Te fui quitando abrazos, conquistas, el peso
de una dinastía que ahora habita la noche.
Yo te hice habitar en las estrellas.
A ti, arrogancia, cuerpo impenetrable,
la pena de todos vencedora te ha penetrado.
Jorge Gaitán Durán
Presto cesó la nieve, como música.
Pájaros y verdes cruzan por el frío.
Vas a morir, me dicen. Tu enfermedad
es incurable. Sólo puede salvarte
el milagro que niegas.
Mas quiero apenas
arder como un sol rojo en tu cuerpo blanco.
Jorge Gaitán Durán
“Siempre hay paz en la certeza…”
Truman Capote
Hasta el fondo del vaso
desde tu oscuro fondo
caían las palabras
difíciles
amargas
caían como gotas espesas y brillantes
que iba sorbiendo el tiempo
como arena finísima
caían
haciendo un agujero
en mi mano extendida
y cada gesto
era ya para siempre
ideograma de tintas visibles
de un idioma
que iba olvidando mientras lo aprendía
y el instante nacía cada vez
para morir
en memoria y en fuga de presente.
Tenerte era perderte.
No tenerte
es esperar
confiada
que no llegues.
Piedad Bonnet